ilustración en la que se ve a una musa que viene en avión desde algún sitio

José Antonio Marina: ¿De dónde vienen las ideas? Inteligencia computacional...

La angustia, con su incesante producción de pensamientos angustiosos, pone de relieve un mecanismo de la inteligencia humana que interviene en todos los miedos, y en especial en los trastornos obsesivos compulsivos, que por eso me parecen especialmente relevantes para estudiar la inteligencia humana. Desde Teoría de la inteligencia creadora vengo hablando de la inteligencia computacional, que es un mecanismo no consciente de producción de ocurrencias conscientes, creadoras o vulgares, divertidas o terribles. En nuestra conciencia aparecen continuamente pensamientos no queridos o no buscados. Son nuestros y no lo son. Rimbaud escribió: 'Je est un autr'e. Yo es otro. Y la misma incorreción gramatical -el pronombre 'yo' rigiendo un verbo en tercera persona- indica la rareza del asunto, que no podía escapársele al agudísimo Freud. En efecto, Freud habló de una máquina no consciente de ocurrencias y la denomnió 'Id, Ello'. El psicoanálisis pretendía convertir el 'ello' en 'yo', es decir, hacerlo consciente. Desde hace muchos años estudio los mecanismos de la inteligencia computacional, del 'Id', de la fuente de nuestras ocurrencias, pero he de decir que con poco fruto. Me consuela pensar que lo que me preocupa a mí, le preocupaba hace ya nueve siglos a San Bernardo de Claraval, cuando escribió a sus monjes: "Cada día y cada noche leemos y cantamos las palabras de los profetas y de los envangelios. ¿De dónde saltan tantos pensamientos vanos, nocivos, obscenos que nos torturan por la impureza, el orgullo, la ambición y por cualesquiera otras pasiones, hasta el punto de que apenas podemos respirar en la serenidad de sublimes consideraciones? ¡Qué desgraciados somos a causa de la tibieza de nuestro corazón!" San Bernardo ha detectado el problema y ha creído detectar la causa: la tibieza del corrazón. Pero no podemos pretender ahora averiguar si tiene razón.

La angustia produce sin parar 'preocupaciones'. Cuando no tiene motivos, los encuentra. Es una rutina encapsulada, absolutamente invulnerable al razonamiento, porque a cada motivo para tener miedo que se desmonta, le sucede otro. Cuando el angustiado se distrae, la noria de los pensamientos aprensivos se detiene aparentemente, pero en cuanto la distracción desaparece vuelve la preocupación a hacerse dueña de la conciencia. Parece que los hubiéramos dejado en un aparcamiento. La ansiedad es un sentimiento a la búsqueda de objeto. Mientras que el miedo permite enfrentarse al peligro o huir, la ansiedad suele encerrarle en un permanente dar vueltas. Los procesos rumiativos disuaden de la acción, no conducen a nada más que a dar vueltas sobre sí mismos. Hay una cadena interminable de aprensiones, que se manifiesta en diálogos como el siguiente:

- Estoy preocupada porque mi hija ha salido en coche y puede tener un accidente.
- No se preocupe. Pensaba ir en tren.
- Los trenes también tienen accidentes.
- Acabo de enterarme de que ha anulado el viaje.
- Entonces, seguro que está enferma.
- No, es que ha ido a un concierto.
- Vete a saber con quién habrá ido.
Etcétera, etcétera, etcétera.

¿Cómo funciona este sistema de producción de ocurrencias? Los investigadores están interesándose ahora por esa inteligencia computacional de que le hablaba, y que ya había husmeado el genial Henri Poincaré, cuando escandalizó a sus colegas diciendo que había un 'inconsciente matemático' que se encargaba de hacer los descubrimientos matemáticos. Según Jerome Brener, uno de los más brillantes psicólogos del siglo pasado, en la inteligencia hay una 'máquina productora de hipótesis' que a partir de cualquier estímulo lanza a la conciencia una pirotecnia de posibilidades. En sus conocidos estudios sobre los trastornos obsesivo-compulsivos, Paul Salkovskis supone la existencia de un 'idea generator in the brain', de un generador de ideas en el cerebro. Funciona a su aire y lo más que podemos hacer es influir en él para cambiar a nuestro favor la índole de sus ocurrencias. La educación, el trato social, las obras de la cultura, los talleres literarios, la farmacología y la psicoterapia no pretenden otra cosa que suscitar las ocurrencias queridas.

Por desgracia, estos autores dicen poco acerca del funcionamiento de tan enigmático mecanismo. Es bien sabido que hay sustancias químicas que producen ocurrencias determinadas, drogas estimulantes, alucinógenas o euforizantes, por lo que hay que admitir una misteriosa transpormación de la química en pensamientos o imágenes. Sospecho que la aparición de ocurrencias depende de un fondo emocional, energético, que activa una parte de nuestra memoria, haciendo que atienda más a unos aspectos de la realidad que a otros. Los sentimientos no inventan conceptos, se limitan a elegir aquellos conceptos en los que se ven expresados. Conforme la memoria se va llenando de contenidos, la acción de los sentimientos originarios puede hacerse más poderosa y constante, porque el temperamento se ha coagulado ya en carácter. M. Vasey y T. D. Borkovec sugieren que las personas angustiosas, los 'cronic worriers', poseen un elaborado almacén de memoria para responder a las cuestiones catastróficas, es decir, para ser capaces de responder a las cuestiones: ¿Y si...? En efecto, parece que la fuente de nuestras ocurrencias es la memoria por un determinado sentimiento. El odio produce muchas ocurrencias vengativas. Los celos son de imaginación fértil. Al amor se le ocurren muchas ideas amables. ¿No ha comprobado la elocuencia de la furia?
La psicología cognitiva y las disciplinas psi que van detrás de ella han continuado ese camino, llegando a afirmar que lo que diferencia las patologías mentales son las distinas creencias que el sujeto tiene, lo que ha permitido diseñar terapias basadas en el cambio de creencias.

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Para acabar de explicar mi modelo de inteligencia diré que por encima de esa fuente de ocurrencias que va a su aire, en el ser humano funciona un segundo nivel -la 'inteligencia ejecutiva'- que intenta con éxito desigual iniciar, controlar y dirigir los procesos de la inteligencia computacional. Imaginen el lector que quiere escribir una carta. La inteligencia computacional le brinda un comienzo, a usted no le gusta, lo rechaza, da la orden de producir más ocurrencias, y se sienta a esperar para ver si su mandato ha surtido efecto. Al hablar de la inspiración -que es un producto de la inteligencia computacional- Paul Valéry decía más o menos: las ocurrencias las recibimos, y lo único que podemos hacer es esforzarnos para que ese azar ventursoso que no controlamos se dé con la mayor frecuencia posible.




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