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Título: Las olvidadas. Una historia de mujeres creadoras.
Autora: Ángeles Caso
Editorial: Planeta
Editorial: Círculo de Lectores



'María del Rosario Weiss'


Capítulo V

Sofonisba Anguissola y las pintoras

olvidadas.



[...] Aprendices y ayudantes compartían normalmente la residencia del maestro, formando parte de la familia. Era normal que niños de procedencia humilde que destacaban por una cierta facilidad para el dibujo o por su fascinación por la pintura fuesen llevados a partir de los siete u ocho años como aprendices a un taller...

[...] Dada la intimidad de las relaciones en las estrechas viviendas de los artistas y la poca movilidad vertical de la sociedad, a menudo los matrimonios de los descendientes de pintores y escultores se celebraban con personas del mismo círculo. Que un ayudante prometedor tomase por esposa a la hija de su maestro era normal: el tan conocido caso de Velázquez, que se casó con Juana, la hija de su maestro Francisco Pacheco, es sólo uno de los muchos que se dieron a lo largo de la historia.
E igualmente era normal que las hijas y esposas de los artistas colaborasen en el taller, formando parte del equipo del cabeza de familia. El grado de colaboración variaba según diversas condiciones: las necesidades del propio estudio, el talento de las mujeres y, por supuesto, el grado de permisividad del padre o marido. Sin embargo, los ejemplos son tan numerosos como para no resultar casuales. Tan sólo en España, podemos citar los nombres de algunas de las cuales lograron incluso desarrllarse por sí mismas: la propia Juana Pacheco, según diversos testimonios, fue pintora y quizá colaborase con Velázquez en algunas de sus obras; parece que ella es la mujer retratada, sosteninedo en su mano una tablilla o un cartón de dibujar, en la obra de su marido conocida como Sibila.

[...] Un caso muy especial, por el renombre de su maestro y posible padre, es el de María del Rosario Weiss, alumna y tal vez hija bastarda de Goya. Nacida en Madrid en 1814, María del Rosario se fue a vivir con el propio Goya a los siete años, supuestamente por una serie de desdeichas ocurridas en su familia, cercana al círculo del pintor. Desde entonces, el maestro inició el aprendizaje de la niña, que lo acompañó durante su exilio en Burdeos. Fuera o no su verdadero padre, Goya se comportó como tal, e incluso en sus cartas hablaba a sus amigos de los talentos de su joven pupila con un orgullo que parece más paterno que propio de un simple preceptor: 'Esta asombrosa niña desea aprender a pintar miniaturas y yo también quiero que lo haga, porque probablemente es el mayor fenómeno de su edad en en mundo'. De regreso en Madrid, Weiss inició una prestigiosa carrera que la llevó a ingresar como miembro honorario de la Academia de San Fernando y a dar clases de pintura a la reina Isabel II. Sin embargo, murió demasiado joven, con tan sólo veintinueve años, sin haber podido desarrollar plenamente su talento.

[...] Más allá de las razones psicológicas -conscientes o inconscientes- que subyaces en su mundo creativo, la suya es sobre todo la obra de una grandísima pintora, que domina sin ninguna vacilación la técnica necesaria para dar salida a su mundo interior, un logro que está en verdad al alcance de muy pocos creadores. Y eso es lo que, como artista, la sitúa muy por encima de lo común y la convierte en uno de los pinceles más importantes del siglo XVII.

[...] A sus veinte años, Artemisia era una mujer sin ninguna preparación para desenvolverse en el mundo, y mucho menos en el mundo refinado que cualquier artista necesitaba frecuentar si aspiraba a conseguir encargos y patronos. Había aprendido muchísimo del arte de la pintura, pero apenas nada más: según parece, por aquel enonces ni siquiera sabía leer o escribir. Su padre se había desentendido por completo de su educación, salvo en lo referente al arte. En Florencia, la pintora se esforzó por llenar todas sus lagunas y se acostumbró a formar parte de los círculos artísticos e intelectuales de la ciudad. Llegó a ser buena amiga del genial Galileo -lejos aún de su condena por parte lde la Inquisición- y sobre todo de Francesca y Settimia Caccini, las dos importantes compositoras e intérpretes musicales que en esos años trabajaban al servicio de Cosme II.

Durante su época florentina, Artemisia Gentileschi/Lomi (al casarse con Pieantonio Lomi e instalarse en Florencia, renunció al apellido de su padre) pudo por lo tanto desarrollarse como pintora y como ser humano. El asombro que causaba su maestría hizo incluso que fuera aceptada en la Accademia del Disegno. Era la primera vez que una mujer conseguía entrar en eaquel recinto del arte que Giorgio Vasari había fundado en 1563 y del que habían formado parte los más grandes, como Tiziano o Miguel Ángel.

[...] En 1630 cuando tenía treinta y siete años, en el momento de su madurez artística, Artemisia Gentileschi se instaló en Nápoles.

[...] La pintora disfrutaba por aquel entonces de una estupenda situación económica. Pero lo cierto es que la mayor parte de su fortuna, obtenida a costa de trabajar febrilmente durante años, la invirtió en dar a sus hijas todas aquellas cosas de las que ella no había podido gozar: una educación exqusita que las convirtió en auténticas 'damas' y, llegado el momento, magníficas dotes y riquísimos ajuares que les permitieron a ambas contraer matrimonio con miembros de la nobleza. Se trabataba de aristócratas modestos y recientes, pero su nivel social estaba en cualquier caso muy por encima del previsible para las descendientes de una saga de trabajadores manuales y, por ende, de una madre de vida y obra poco edificante. Sólo el dinero -mucho dinero- pudo comprar para ellas aquella situación. El hecho de que Artemisia prefiriera para sus hijas ese tipo de vida convencional, en lugar de educarlas en la independencia en la que ella se desenvolvía, hace sospechar lo dura que debió de ser para aquella mujer, como para tantas otras, la lucha por la autonomí y la supervivencia, el feroz esfuerzo que sin duda tuvo que realizar una y otra vez para no dejarse vencer por las circunstancias, las calumnias, los prejuicios y la soledad. [...] No sabemos si su decisión fue acertada o errónea pero, en cualquier caso, creo que no sería justo juzgar su comportamiento sin conoces a fondo sus sentimientos y sus razones, inseparables de los sentimientos y las razones del mundo que la rodeaba.

[...] La pintora más grande de la historia desaparecía a los sesenta años, y casi de inmediato la rodeaba el silencio: enstando aún viva, Giovanni Baglione ni siquiera la mencionó en sus Vidas, imitadas de las de Vasari. Ninguno de los demás biógrafos de artistas del XVII, numerosísimos, se ocupó de ella, salvo Francesco Baldinucci, que en 1681 dedicó algunas páginas al período florentino de aquella 'pintora valiente más que ninguna otra mujer', como él mismo decía. Las sombras cayeron, cómo no, sobre la magnífica obra de Artemisia Gentileschi. Su firma pareció haberse vuelto absurdamente irreconocible y sus cuadros fueron atribuidos a su padre, a Caravaggio o a algunos otros pintores de la época..."

 

Título: Las olvidadas. Una historia de mujeres creadoras.
Autora: Ángeles Caso
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